Ronda la
luna un halo de tristeza
a la llegada
de este Viernes Santo,
un cerco
rojo, como si quisiera
convertirse
en dolor crucificado.
Entre
faroles y claveles blancos,
al fondo de
la calle, ya calvario,
aparece la
faz del Nazareno
y acoge
entre ciriales, cual sudario,
la neblina
que cubre todo el cielo
bajo las
lágrimas del desamparo.
Se escucha el golpe seco
del tambor.
La noche se derrumba
entre las manos
de Madre Dolorosa que en
el pecho
lleva una daga
enrojeciendo el manto.
Es un dolor profundo de
mujer
que no puede salvar al
ser amado.
En esta noche triste un
aire tibio
acaricia el murmullo de
tus pasos.
Nazareno. El silencio de
las calles
respeta tus heridas, tu
costado,
y se escucha tan sólo una
saeta
como amarga expresión de
nuestro llanto.
Es terrible el camino que
conduce
al Gólgota. La hiel,
entre los labios,
se mezcla con el viento
de la altura
Y también con el vino más
amargo
de la tierra. ¿Qué voz
endurecida
anuncia que algo grave
está pasando?
¿Qué ángel negro se posa
ante la cruz
haciendo el signo de los
holocaustos?
Y después, otra vez la
nada, un signo
de tinieblas, el rojo de
tu manto
tendido al horizonte, el
limpio velo
del templo que se raja,
el trono amado
de un rey que coronaron
las estrellas
y la chusma perversa ha
destronado.
Hasta cielo sin mancha
anuncia lluvia.
Hasta humildes pastores,
ocultando
sus ovejas en cálidas
majadas,
prosiguen sin saber quién
es su amo.
Ya te dejaron solo. Ya se
han ido
tus viejos seguidores
senda abajo.
Hoy quisiera, Señor,
marchar contigo,
ser sangre de tu sangre,
tu lacayo,
cargar pesada cruz sobre
mis hombros
y morir a tu vera en el
Calvario.
Ayúdame, Señor, a ser
piadoso
mientras nos amas, este
Viernes Santo,
desde tu cruz. Ayuda a
las criaturas
que marchan detrás de ti
como hermanos
frente a la soledad de
los olivos
que nos acercan. Sea
venerado
el vencejo que ronda tu
corona
de espinas, el silencio
del ocaso,
esa lluvia de rayos
agresivos
que ya se ve venir desde
lo arcano.
Esa cruz es memoria de
martirio
y también la madera de un
abrazo.
Déjame caminar detrás de
ti
con el dolor del mundo
entre los brazos,
ser ese templo de la
madrugada
donde nunca tres veces
canta el gallo.
El día sabe a muerte y tú
no quieres
darle la espalda siendo
Dios. Si algo
fuera posible, préstale
tu voz
al que te canta, todo
emocionado,
esa triste saeta que se
enreda
en los balcones y en los
campanarios.
Ya se agolpa la gente
para verte
mientras vas caminando
hacia el ocaso.
¡Ay, Santo Cristo de los
Sueños Rotos!,
rodillas rojas entre
latigazos
bajo alzada tormenta
repentina
con una lluvia que parece
llanto.
¡Ay, Cristo de las
Playas! Quién pudiera
sentarse aquí contigo
como barco
en la orilla del mar,
como esta rosa
de espinas dolorosas en
el vaso
de la esperanza, como
espadas rojas
hundidas en el fondo del
espacio.
Que resurja la luz,
Cristo del Alba,
sobre la paz oscura de
los páramos.
Que estas horas, repletas
de penumbra,
derroten para siempre su
pecado.
Volverás a ser carne
dolorida
con venas traspasadas por
los clavos,
un rostro que se queda
repetido
en los rostros de todos
los soldados.
Vírgenes dolorosas ya
entendieron
tu mensaje camino del
Calvario.
Esta noche, sumisa como
un perro,
rompe la magnitud de los
presagios
muerde la fragancia del
clavel
que se rinde a tus pies
ensangrentados.
Concédeme tu amor, Cristo
del Viento,
ahora que la sombra es
como un pájaro
que ha perdido las alas
bajo el fuego
y tiene el pico de sabor
amargo.
Déjame verte, Cristo de
la Aurora,
sin corona de espinas ni
soldados.
Calle adelante vas, como
una luz
más profunda que el beso
del relámpago,
con la carne ultrajada
por la chusma
y un murmullo de amor
entre los labios.
Qué pena que enmudezcan
las alondras
y los trigos se mueran en
los campos.
Qué pena que la luna no
refleje
la sangre que brotó de tu
costado.
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